Los temblores de tierra hicieron que no volvieran los reyes a Granada, antaño, morada real durante largas temporadas y, es aquí donde cuenta la leyenda que en una de las torres, la de Las Infantas, vivía una bella muchacha huérfana con su tía, la cual celosamente guardaba la honra de la sobrina, hija de su heroico hermano muerto en las milicias españolas.
Bella como un lucero: ¡La rosa de la Alambra! la llamaban.
Un día el monarca Felipe V y su esposa, Isabel de Farnesio "La Parmesana" decidieron regresar con todo su séquito. En el cortejo real venía un joven paje muy apuesto, Ruy de Alarcón, favorito de la reina. Una tarde vagaba éste de un lado a otro con el halcón de la Parmesana, vio un pajarillo revolotear por los jardines, en un juego de travesura le quitó la caperuza al ave real, al que le faltó tiempo para volar tras su presa desapareciendo. Ruy asustado, temiendo las consecuencias de la pérdida de la rapaz, buscó y buscó hasta que lo divisó en una de las torres, con mucho esfuerzo entro tras la maleza a un pequeño jardín, atravesó éste y golpeó la puerta de la torre donde Jacinta y Fredegunda, tía y sobrina, vivían.
Jacinta, recatada, no quiso abrir la puerta, pues sola se hallaba pero, el apuesto joven la convenció contándole lo sucedido y lo que había de pasarle de no regresar con el halcón. La joven accede y, prendándose del paje y el paje de ella vivieron momentos de inocente amor que en secreto tuvieron .
Transcurrido el tiempo, la ida de su amado muy triste la dejó, la tía de ello se percató y pregunto por sus males, contándole Jacinta lo acaecido, aquella irritada no cesó de hablar y hablar hasta saber que el honor de la muchacha no había padecido.
Transcurrido el tiempo, la ida de su amado muy triste la dejó, la tía de ello se percató y pregunto por sus males, contándole Jacinta lo acaecido, aquella irritada no cesó de hablar y hablar hasta saber que el honor de la muchacha no había padecido.
¿Qué es el amor del hombre inquieto y errante?.
¡Nada sabe Jacinta de Ruy! Una noche de luna llena paseaba su tristeza por el jardín, embelesada mirando las aguas de la fuente Jacinta, ve reflejarse el redondo plato dorado en sus aguas, entre temor y sorpresa ve emerger a una joven belleza ataviada a la mora, con ricos ropajes y preciosas alhajas; asustada, corre al interior de la torre donde cuenta lo sucedido a la anciana que... creyéndola con mal de amores le hace creer que es una ensoñación, que habría pensado en la leyenda de las tres princesas moras que habitaron la torre.
¿Qué leyenda es ésa, tía?
¿No sabes que las tres princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida fueron encerradas aquí por su padre, decidieron fugarse con tres caballeros cristianos, aunque Zorahaida se arrepintió en el último momento y que murió dentro de esta mansión? Es más, el enamorado de Zorahaida es antepasado tuyo. Mucho tiempo sufrió de mal de amores por la princesa mora, al cabo se unió con una dama española, y de este matrimonio desciendes tú.
Pensativa y dudosa se retira a sus aposentos.
Pensativa y dudosa se retira a sus aposentos.
Pasaron las nieves y la primavera y un nuevo verano llegó. Al refresco de otra luna, sentada al lado de la fuente donde Ruy le prometió amor eterno, lloraba Jacinta con sus recuerdos, mientras las lágrimas caían a las aguas, en esto que ve como vuelve a emerger la bella doncella...
Hija de mortales ¿Qué pesares te acongojan? ¿Por qué turban tus lágrimas mi fuente?
Lloro la fragilidad de los juramentos de un hombre y gimo mi condición solitaria y abandonada.
Lloro la fragilidad de los juramentos de un hombre y gimo mi condición solitaria y abandonada.
Consuélate, tus penas pueden curarse. Estas en presencia de una princesa musulmana que también sufrió desdicha de amores. Un caballero cristiano, antecesor tuyo, ganó mi corazón y quiso llevarme a su tierra natal al seno de su fe religiosa. Decidida estaba a seguirle pero me faltó valor en el instante decisivo, y le dejé marchar solo. En castigo, los genios maléficos ejercieron sobre mí un conjuro, ahora estoy bajo encantamiento en esta torre y lo estaré hasta que un alma cristiana venga a deshacer el mágico hechizo.
¿Te atreverás tú a ello?
¿Lo harás?
¿Te atreverás tú a ello?
¿Lo harás?
¡Lo haré!, replicó temblorosa pero decidida.
Sígueme pues ¡Nada temas!: Moja tus manos en la fuente, rocíame con agua y bautízame a la usanza de tu fe. Así desaparecerá mi hechizo y reposará en paz mi doliente espíritu.
Se adelantó Jacinta con paso vacilante y sumergió las manos en la fuente, cogiendo en ellas un poco de agua la vertió sobre el pálido rostro del fantasma. Sonrió la aparición con inefable bondad, depositó su laúd a los pies de la doncella y abrazándola desapareció, tornándose a la fuente en forma de gotas de rocío.
Se adelantó Jacinta con paso vacilante y sumergió las manos en la fuente, cogiendo en ellas un poco de agua la vertió sobre el pálido rostro del fantasma. Sonrió la aparición con inefable bondad, depositó su laúd a los pies de la doncella y abrazándola desapareció, tornándose a la fuente en forma de gotas de rocío.
Entre asustada y maravillada Jacinta pasó la noche. Al amanecer creyendo todo lo sucedido causa de sus sueños y desvelos, bajó al patio y... el laúd de plata brillaba con los rayos del sol al lado de la fuente.
Corrió la sobrina a la habitación de la tía a quién le relató lo acaecido, para convencerla le pidió que bajara a la fuente y viera el laúd; las dudas si las habían, se desvanecieron en cuanto Jacinta tocó el instrumento, del que salía una melodía sobrenatural.
Al oír la melodía del laúd se detenían los caminantes para deleitarse, y pronto corrieron veloces los rumores del prodigioso instrumento por toda Andalucía. Se disputaban los ricos y los poderosos el honor de llevar a sus salones la música y agasajar con ella a la sociedad elegante y aristocrática. No se hablaba otra cosa que no fuera del laúd de la bella doncella.
Al oír la melodía del laúd se detenían los caminantes para deleitarse, y pronto corrieron veloces los rumores del prodigioso instrumento por toda Andalucía. Se disputaban los ricos y los poderosos el honor de llevar a sus salones la música y agasajar con ella a la sociedad elegante y aristocrática. No se hablaba otra cosa que no fuera del laúd de la bella doncella.
Mientras tanto en la Corte española, Felipe V se sumía en una hipocondría, doliéndose de males imaginarios y manías que hacían enfurecer a la reina, quién pensó en la música como remedio a las extravagancias del monarca; llegando a llamar al famoso cantante italiano Farinelli. Todos los intentos por animarle fueron en vano, ni la voz del prestigioso cantante ni todo el virtuosismo de los violinistas de la Corte mejoraron el estado del rey...
¡Aún fue peor!
Felipe V dio en creer que había muerto, ordenando que se celebraran ceremonias de funerales. No se le pudo convencer y hubo que aceptarle esta manía:
¿Qué hacer? desacatarle resultaba monstruoso a los ojos de los serviles palaciegos de aquella Corte y obedecerle, sepultandolo vivo constituía un regicidio.
En tan terrible dilema llegaron hasta San Ildefonso, donde moraban entonces los soberanos, noticias de la tan ensoñadora música de Jacinta. Ordenó la reina a su correo mayor que partiese hacia Andalucía en busca de la famosa doncella de la Torre granadina. A los pocos días llegaron a La Granja Jacinta y su tía Fredegunda.
Doña Isabel sorprendida al ver a una muchacha sencilla y sin pretensiones -vestida con el pintoresco atavío de las andaluzas y portando en la mano el laúd de plata, con ojos bajos y rubor en las mejillas- se dirije a ella diciéndole: “ Si la virtud de tus talentos responde a la fama que has alcanzado y, logras deshacer el hechizo del maléfico espíritu que se ha apoderado de tu rey, dependerá de mí en adelante tu destino y te colmaré de honores y de riquezas". Impaciente por probar la aptitud musical de la doncella se dirigió Isabel a la cámara del taciturno y extravagante monarca, un solemne aposento con colgaduras de luto. Las ventanas estaban cerradas para obstruir la claridad del día, ocho blandones en candelabros de plata difundían lúgubre luz en la cámara que revelaban la presencia de palaciegos y personajes enlutados con apariencias doloridas. En el centro, un catafalco con el cuerpo yacente de Felipe V, las manos cruzadas sobre el pecho y cubierto el rostro con un paño negro, exactamente en disposición de ser conducido a la tumba.
La reina llevó a la joven a un rincón de aquella sala y sentándola en un escabel le ordenó comenzar. Impresionada Jacinta, vacilaban sus manos al principio pero la animaron las primeras notas. Sonó el laúd tan celestialmente que, todos los presentes no pudieron creer armonía humana la que estaba produciéndose en la real cámara. El monarca, que ya se consideraba en el mundo de los justos, creyó estas melodías música angelical que celebraba jubilosamente su llegada a los cielos.
La cámara fúnebre resonó con acordes y con aires de vida que se apoderaron del corazón de Felipe V, se sentó en su féretro, se le animó la mirada y saltando al suelo pidió la espada y el broquel. Quedando liberado el rey del demonio de la melancolía. Se abrieron las ventanas de la cámara regia que se vio bañada por la esplendorosa luz del sol, todos pudieron contemplar al prodigio de arte lírico que había resucitado a un soberano muerto. Con la claridad, se nublaron los ojos de Jacinta, se desvanecieron sus fuerzas y cayó su cuerpo desmayado en los brazos del paje favorito de la reina que había corrido a socorrerla.
Se celebraron pocos días después con gran pompa y para deleite de toda la Corte española unas bodas, él Ruy y ella Jacinta, la rosa de la Alambra y...
Colorín colorado este cuento se ha acabado.
El arte que me he permitido traer hoy es el arte de contar historias, con poco arte pero con mucha ilusión os he contado esta.
De pequeña mi madre se reunía con sus amigas para coser o tejer, las reunión eran por la tarde y casi siempre en casa de su amiga María, una casa grande, donde podíamos los hijos de las amigas jugar y corretear. Entorno a aquella mesa de labores se contaban unas historias que me embelesaban o me aterrorizaban, dependiendo del relato. Recuerdo aquella del propio padre de María, quien según ella, se veía algunas veces en los campos que se divisaban desde la ventana, algo normal si en aquel entonces hubiera estado vivo.
De regreso a casa, teníamos que pasar por un camino al borde de la carretera, lleno de cañas y de vegetación, mi madre, más chiquilla que yo, me asustaba: ¡Mira, mira la sombra aquella!, ¡Corre, corre que nos cogen!
¡Qué buenos recuerdos!
Si con el recuerdo, el buen recuerdo, se hicieran eternamente felices a los que se nos han ido a la "eternidad", los míos están repartiendo felicidad ¡La que les sobran!.
Esta leyenda, que no sé si la he sabido contar bien se la dedico a nuestro amigo Fali, hijo de María, por ser un hijo y un hermano coraje además un buen amigo.
Ana María Postigo Becerra,
basándome en las Leyendas de La Alhambra
de Washington Irving

Muy bonito Ana, besos Blanca
ResponderEliminar¡Oh, que sorpresa más agradable!
ResponderEliminarGracias y Besos x 1000